ECONOMÍA

Cómo se calcula el PIB y otras claves para entender este acrónimo

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Cómo se calcula el PIB y otras claves para entender este acrónimo
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CaixaBank

03 Diciembre, 2019


El Producto Interior Bruto es uno de los términos más citados por la prensa y, sin embargo, buena parte de la sociedad desconoce qué es y cómo se mide esta herramienta fundamental para determinar la riqueza de un país.

A lo largo de la historia han existido numerosas maneras de medir la riqueza y el poderío económico de un país. Una de las tradicionales era la posesión de tierra. Hasta hace pocas décadas, la expansión territorial de una nación equivalía a crecimiento económico. Pero también lo era su acceso a recursos naturales valiosos, los acuerdos comerciales entre otras potencias… e incluso su número de habitantes, especialmente para mano de obra y ejército. Sin embargo, en economías cada vez más complejas, con industrias plenamente desarrolladas y millones de actores económicos, se requieren conceptos más avanzados como el del PIB o Producto Interior Bruto para medir el crecimiento económico de un país. Y resulta que es más sencillo de lo que imaginas.

Comencemos explicando que el PIB es el valor de todo lo que genera un país dentro de sus fronteras durante un determinado periodo de tiempo, ya sean bienes o servicios. Un coche ensamblado en una fábrica, una cafetería que abre cada mañana o una patente que registra un investigador. Todo ello se considera la riqueza de un país. Y decimos que es Bruto porque no se contabilizan los consumos de capital, es decir, lo que cuesta generar esos bienes o servicios.

Para calcular el PIB existen tres fórmulas o métodos.

  • El método de valor añadido: con este método el PIB se calcula sumando el valor añadido que generan todos los bienes y servicios en los diferentes sectores económicos. Es decir, sumamos la venta de cada bien y servicio, pero restándole el coste de las materias primas y fuerza de trabajo que ha costado elaborarlo. Cuando se calcula el PIB de esta manera lo habitual es dividirlo en diferentes sectores económicos como el agrícola, el sector servicios, la construcción, etcétera.
  • El método de gasto: al contrario que con el anterior método, en el que calculábamos el PIB en función de las ventas de los productos y servicios, en este sumamos los gastos de esas compras. Aquí se tiene en cuenta el consumo de las familias, el consumo del gobierno, la inversión en nuevo capital y el resultado de las exportaciones netas, sin tener en cuenta las importaciones.
  • Método de las rentas: en este método sumamos todos los factores que participan en la producción, como las rentas de los asalariados, el excedente bruto de explotación y los impuestos indirectos netos de subvenciones.

Otro concepto que merece la pena tener en cuenta es el de Producto Nacional Bruto que, esta vez sí, incluye lo que genera un trabajador o empresa española en el extranjero, pero resta lo generado por factores extranjeros.

¿De dónde viene el Producto Interior Bruto?

No es sencillo seguirle el rastro a las fórmulas de contabilidad que han utilizado las diferentes civilizaciones a lo largo de la historia para analizar su riqueza. Sin embargo, una de las fechas candidatas nos lleva a mediados del siglo XVII en el contexto de la guerra que por entonces mantenían ingleses y holandeses. Entonces fue el economista y filósofo William Petty quien vio la necesidad de conocer mejor la riqueza de un país en un intento por acabar con los impuestos elevados en base a riquezas ficticias o exageradas.

Pero el PIB tal y como lo entendemos hoy en día surge por primera vez de la mano de Simon Kuznets, un economista de origen ruso afincado en Estados Unidos a principios del siglo XX que se preocupó por desarrollar las bases del actual PIB en 1934. Poco más de diez años después, en 1944, el PIB se convertiría en la herramienta fundamental para medir la riqueza de un país tras los Acuerdos de Bretton Woods, que sentaron las bases para el comercio y las finanzas que hoy dirigen la economía mundial.

Así que el Producto Interior Bruto lleva con nosotros más de siete décadas, un tiempo en el que ha pasado a convertirse en la verdadera obsesión de gobiernos y sociedades, de tal suerte que hoy las cifras anuales de crecimiento del PIB son algo así como el cuadernillo de notas para un escolar, un baremo para saber si lo está haciendo bien en su desempeño o no. Aunque cada vez son más las voces que advierten de esta obsesión por esta cifra macroeconómica.

Las alternativas al PIB

El mismo artífice del PIB, Simon Kuznets, fue también el primero que dejó claro que no había que confundir crecimiento económico con bienestar social, una dicotomía indiscutible que ya ha comenzado a ponerse en tela de juicio.

No son pocas las voces que argumentan que ante el tremendo desafío que supone el cambio climático, se impone la necesidad de comenzar a calcular un PIB verde. Este concepto, relativamente nuevo, supondría restar a la riqueza de un país los daños provocados al generar esa misma riqueza. De esta forma, la contaminación de acuíferos, la tala de árboles o la destrucción de biodiversidad frenarían en seco el crecimiento económico.

Otro indicador que se ha venido reivindicando en los últimos tiempos como alternativa o complemento al PIB es el Índice de Desarrollo Humano. Esta herramienta estadística creada por la ONU tiene en cuenta tres factores fundamentales en la calidad de vida de las personas: nivel de vida digno —el PIB per cápita o PIB dividido entre cada uno de los habitantes de un país—, tasa de alfabetización y calidad de la educación y esperanza de vida.

Uno de los indicadores más controvertidos —y curiosos— es el de Felicidad Nacional Bruta, creado en 1973 por el rey de Bután para demostrar que en su país la calidad de vida era elevada a pesar de las malas cifras económicas. Bienestar psicológico, uso del tiempo libre, cultura o diversidad medioambiental son algunas de las variables de este índice, uno que por el momento es más anécdota que herramienta real para entender la riqueza y prosperidad de todo un país.