Si hay una palabra que se repite últimamente, esa es aranceles. Muchas personas saben que tienen mucho que ver con guerras comerciales y aduanas, pero no saben exactamente en qué consisten esos aranceles que están tan de actualidad.
En esta guía básica encontrarás las respuestas que buscas a las siguientes preguntas:
Los aranceles aduaneros son tarifas que determinan los derechos que deben pagarse por las importaciones de mercancías. En esencia, son impuestos que se aplican a bienes fabricados en el extranjero.
Así, cuando un producto cruza una frontera tiene que pagar los aranceles aduaneros que ha establecido el país al que entra. Esto significa que las mercancías pagan su entrada cada vez que acceden a un país.
También existen otros tipos de aranceles, por ejemplo, los que se pagan a profesionales por ciertos servicios, como notarios o procuradores. Sin embargo, en este artículo nos centraremos en los aduaneros.
Aunque suenen mucho a actualidad, los aranceles son una de las medidas tributarias con más historia. Ya en el Neolítico las sociedades que mantenían relaciones comerciales ponían ciertos límites y condiciones. Hubo ciudades comerciales que en el siglo I dejaron escrito su régimen arancelario en bloques de piedra caliza.
El argumento para establecer aranceles es la protección de la producción local: el tributo encarece la mercancía que llega del exterior y esto proporcionaría una ventaja en el mercado a las mercancías producidas en el mismo país.
Por otro lado, los aranceles suponen una fuente de ingresos importante para los estados, ya que es un impuesto de pago obligatorio: si no se abona, la mercancía no cruza la frontera, salvo en ciertas excepciones que veremos a continuación.
Cada territorio fija sus aranceles de forma genérica en función de sus fortalezas económicas y las necesidades que tenga de importar productos. Eso sí, pueden establecerse acuerdos bilaterales o entre varios estados para favorecer el comercio entre ellos.
En este contexto, la libre circulación de bienes y servicios, que es uno de los pilares de la Unión Europea (UE), sería un acuerdo entre distintos estados para no aplicar límites arancelarios de ningún tipo entre ellos.
Existieron incluso precedentes de mayor envergadura que la UE: la Ronda Uruguay fue un acuerdo de comercio multilateral ratificado en 1993 que terminó involucrando a 123 países y abarcando las condiciones de importación y exportación de innumerables productos: «desde los cepillos de dientes hasta las embarcaciones de recreo, desde los servicios bancarios hasta las telecomunicaciones, desde los genes del arroz silvestre hasta los tratamientos contra el SIDA», según explica la OMC.
También es posible fijar aranceles específicos para ciertos países si lo que se desea es reducir el comercio con ellos, proteger la industria local frente a alguna amenaza o como herramienta de presión geopolítica. El establecimiento de aranceles que Estados Unidos pretende imponer a otros países sería un buen ejemplo de esto.
La importación supone introducir productos para su venta en un determinado país, pero esto no significa que todas las mercancías que lleguen a él deban pagar aranceles, aunque estos estén establecidos.
Efectivamente, hay veces que el producto solo está de paso: un barco llega a Tenerife desde Barranquilla (Colombia) y descarga contenedores de café que luego otro carguero llevará hasta San Petersburgo. Para favorecer el transporte de mercancías se han creado en todo el mundo las llamadas zonas francas.
Todos los países de la UE tienen una política común de aranceles aduaneros que emana de los organismos comunitarios y España no es una excepción.
La herramienta que se utiliza para la gestión arancelaria es el TARIC, una base de datos multilingüe que integra todas las medidas relacionadas con el arancel aduanero, junto a la legislación comercial y agrícola de la UE. Esto garantiza su aplicación uniforme por parte de los países de la UE.
Lo que está sucediendo ahora es que el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, parece decidido a imponer aranceles a diversos estados como medida de presión y como herramienta para proteger su propia industria.
Si sigue adelante con estas medidas, podría repetirse la escalada de aranceles que ya vimos en 2018 y que tuvo a Estados Unidos y China como principales (aunque no únicos) protagonistas.
La lógica detrás de estas escaladas es algo así: si tú me subes el impuesto a los plásticos, yo te incremento el de los tomates; pues si mis microprocesadores pagarán más, tu chatarra metálica también. Todo ello, acompañado de aranceles cada vez mayores y que afectan a una mayor cantidad de productos, tal y como ocurrió en 2018. Este tipo de escenarios es lo que se conoce como guerra comercial.
Todo indica que este escenario de guerra comercial se podría repetir: a la imposición de mayores aranceles a todos los productos chinos que ha establecido Estados Unidos, China ha respondido con aranceles adicionales a ciertos productos estadounidenses como el gas natural, el carbón o la maquinaria industrial.
¿Llegará a producirse la guerra comercial? ¿Afectará a la Unión Europea y a España? ¿Qué consecuencias tendrá sobre la economía mundial? Habrá que esperar a ver cómo se desarrollan los acontecimientos.