Gimnasia mental: así ayuda a tu cerebro aprender cosas nuevas

07 Octubre, 2020

Gimnasia mental: así ayuda a tu cerebro aprender cosas nuevas


Son apuestas fijas en las listas de propósitos de Año Nuevo de muchas personas. Aprender a tocar un instrumento o a hablar un nuevo idioma son de esas tareas que siempre tenemos en mente, pero rara vez nos animamos a comenzar. Nos cuesta encontrar el momento o las ganas de sumar un esfuerzo más a nuestra vida diaria, ya repleta de desafíos. Además, ¿qué beneficios vamos a obtener de tocar un violín, más allá de la satisfacción personal? La ciencia responde: muchos más de los que imaginamos.

El beneficio de la novedad

Lo cierto es que, en general, aprender una nueva habilidad puede ser beneficioso para nuestro cerebro. Nos encantan las cosas nuevas, hasta el punto de que ver una imagen de algo que nunca habíamos visto antes activa zonas específicas de ese órgano.

Así, según un estudio del University College of London, la exposición a nuevas experiencias mejora la memoria. De hecho, repasar algo que se ha estudiado previamente para un examen es más efectivo si se mezclan conceptos nuevos con los ya aprendidos.

Sin embargo, los beneficios de aprender cosas nuevas van más allá de la mera novedad. Tal vez uno de los ejemplos más claros sea el de la enseñanza musical. Aprender a tocar un instrumento tiene tal impacto sobre nuestro cerebro que sus efectos pueden durar toda la vida.

Más allá del violín

Un niño que toma lecciones de piano, guitarra, percusión o violín, por poner solo algunos ejemplos, está haciendo mucho más que divertirse o complacer a sus padres. En realidad, está creando nuevas conexiones neuronales, que podrían llegar a compensar problemas cognitivos en su madurez y vejez.

Resulta que todas esas horas de escalas, repeticiones y cambios de ritmo se traducen en un entrenamiento cerebral completo que abarca desde el control motor y la coordinación a la lectura musical, pasando por la escucha necesaria para comprobar que cada nota ejecutada es la adecuada. En ciertos instrumentos, como los de viento, es necesario incluso combinar la respiración con el movimiento de los dedos.

Entre los beneficios a largo plazo que ofrece esta práctica se encuentra una mayor protección frente a la pérdida de memoria o el declive cognitivo, e incluso frente a una menor habilidad a la hora de distinguir consonantes y palabras. Todo ello, aunque ese niño se haya convertido en adulto y no haya sacado el instrumento de su funda durante años.

Más a corto plazo, un estudio de la Universidad VU de Amsterdam apunta que los niños que reciben clases de música mejoran sus habilidades cognitivas frente a los que no asisten a este tipo de enseñanzas.

La investigación estudió a 147 alumnos de escuelas holandesas, de las cuales algunas incluían actividades extra de música o artes visuales. Como resultado, los niños que aprendían música rendían mejor en áreas como el razonamiento basado en el lenguaje o la habilidad de planificar, organizar y completar tareas, además de avanzar más en el resto de materias. Incluso los que asistían a clases de artes visuales mostraban una memoria visual y espacial mejorada.

¿Demasiado tarde para mí?

¿Y qué ocurre con los adultos? Pues que también se pueden beneficiar de aprender a tocar un instrumento, incluso si nunca se habían acercado a uno con anterioridad.

Así lo apunta una investigación de la University of South Florida, que estudió el efecto de aprender a tocar el piano en adultos de entre 60 y 85 años. Después de seis meses, se observó cómo aquellos que habían recibido las lecciones mostraban ganancias de memoria más robustas, así como mayor fluidez verbal y capacidad de planificación. Y también procesaban información a mayor velocidad que aquellos que no habían asistido a las clases.

Además, los beneficios de tocar un instrumento no se quedan en el mero aprendizaje: la práctica durante años también ha demostrado tener efectos en el desarrollo de la materia blanca del cerebro. Así que nunca es tarde para rescatar la guitarra de la juventud y reservarle un tiempo en la agenda.

La edad tampoco es excusa para aplazar esa matrícula en la academia de idiomas un año más: el cerebro adulto tiene una plasticidad mucho mayor de lo que se creía hace algunos años.

De hecho, algunos estudios aseguran que se puede alcanzar un elevado nivel de destreza en un idioma extranjero incluso si se comienza a aprender con cierta edad, porque se utilizan áreas del cerebro similares a las que se emplean con el lenguaje nativo. Los beneficios de aprender un nuevo idioma van desde un mejor envejecimiento del cerebro a mejoras en la atención, la concentración y la fluidez verbal.

Ni siquiera es necesario ir a clases de idiomas durante años para disfrutar de una mejora en las habilidades cognitivas: basta un curso de cuatro meses con cuatro clases semanales para provocar cambios funcionales en el cerebro.

Aprender cosas nuevas es, sin duda, un gran entrenamiento para nuestro cerebro. Sin embargo, sus ventajas no se quedan en lo físico: también nos hace más sabios y nos ayuda a abrir nuestra mente a nuevas experiencias. Un tesoro que siempre podremos conservar con nosotros.