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La vida de María: cuatro brechas de género en el entorno rural

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La vida de María: cuatro brechas de género en el entorno rural
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CaixaBank

07 Marzo, 2022


¿Conoces a María Arroyo? Es posible que sí o, al menos, a alguien que se le parezca mucho. María es española, nacida y criada en un pueblo de menos de 2.000 habitantes. Actualmente, María trabaja en el medio rural, donde vive con su familia. Hasta aquí, parece que la vida de María es bastante convencional, ¿verdad?

Lo que ocurre con las convenciones y los estereotipos es que no todo es lo que aparenta, ya que esconden muchas realidades que suponen un coste. Entre esas realidades se encuentran, por ejemplo, desigualdades como las brechas de género. En el caso de María Arroyo y de miles de mujeres como ella, la brecha de género en el mundo rural le cuesta a la sociedad como mínimo 38.500 millones de euros o, lo que es lo mismo, el equivalente al 3,1 % del PIB de 2019.

La brecha de género en el mundo rural es una realidad en España. Aunque, en este caso concreto, sería más correcto hablar de cuatro brechas de género en el entorno rural, tal y como recoge el XII Informe ClosinGap Coste de oportunidad de la brecha de género en el medio rural, elaborado por CaixaBank. De hecho, existe una brecha de género demográfica, otra de empleo, otra de poder y otra de conciliación, que se interrelacionan entre sí.

Lo cierto es que, detrás del trabajo convencional de María Arroyo, hay un puesto que no se corresponde con su cualificación y una jornada laboral más corta de lo que a ella le gustaría. Detrás de los cuidados a su familia, hay falta de tiempo para cuidar de si misma. Detrás del padrón de su pueblo, hay muchas amigas y familiares que han dejado un hueco vacante para marcharse a la ciudad.

Son cosas que pasan, sí, pero a María le ocurren en mayor medida que a su hermano o que a otros hombres de su pueblo. Son circunstancias que suelen afectar en una sola dirección.

Brechas de género en el mundo rural

Brecha de género demográfica en el mundo rural

María siempre espera el fin de semana con ilusión. Es entonces cuando vuelven de visita al pueblo algunos de sus familiares y amigas que se marcharon a estudiar y trabajar a la ciudad. Cuando tiene un hueco, procura quedar con alguna de ellas para tomar un café y charlar un ratito. Entre semana lo tiene mucho más difícil, entre otras razones porque no hay muchas mujeres de su quinta que vivan allí todo el año.

La población rural ha perdido peso en las últimas décadas en España. Esta es una realidad que prácticamente todo el mundo conoce porque es fácilmente apreciable. De hecho, por cada persona viviendo en el medio rural, hay 1,6 personas en el urbano.

Sin embargo, lo que no es tan evidente es que esa pérdida de peso relativo tiene más que ver con mujeres que emigran a la ciudad que con hombres que deciden abandonar el pueblo. Según el informe elaborado por CaixaBank, por cada 100 mujeres nacidas en un municipio rural, 33 emigran a entornos urbanos. En el caso de los hombres, son solo 28 de cada 100.

Esta es una de las causas por las que, a medida que aumenta el tamaño del municipio, también lo hace la presencia de mujeres. En los últimos 22 años, por cada 100 mujeres en entornos urbanos, había en torno a 94 hombres. En poblaciones rurales, sin embargo, la media se ha mantenido en los 101,3 hombres por cada 100 mujeres.

Por un lado, esto provoca que el entorno rural se esté masculinizando, como ya sucede en pueblos pequeños como el de María, donde los hombres son ya la población mayoritaria. Y, por otro lado, en poblaciones rurales la tasa de dependencia es mayor en el caso de las mujeres: por cada mujer en edad de trabajar en entornos rurales hay 0,35 mujeres mayores, una cifra que baja hasta 0,28 en el caso de los hombres. En las ciudades, esas ratios descienden a 0,33 y 0,25, respectivamente.

Brecha de género rural en empleo y formación

Después de encadenar distintos periodos de trabajos precarios y paro, María hizo caso a su hermano y se fue a trabajar con él a la explotación familiar. Le gusta continuar el legado de su familia, pero sus estudios no le sirven de mucho. También le gustaría modernizar la gestión de la empresa, pero no puede dedicarle a esa tarea las horas que requiere.

La brecha de género en el entorno rural encuentra en la formación y el empleo dos de sus principales exponentes. Por un lado, el nivel educativo de las mujeres rurales en España es cada vez mayor, especialmente entre las más jóvenes. De hecho, el porcentaje de mujeres del ámbito rural con alto nivel educativo (22,8 %) supera al de los hombres (15,6 %). Sin embargo, esta mayor cualificación no se traduce en puestos de trabajo de mayor calidad para las mujeres, ya que suelen desempeñar ocupaciones más básicas que los hombres y, además, con contratos más precarios.

Por otro lado, en España, por cada diez mujeres rurales paradas, hay solo ocho hombres en esa misma situación. Además, dos de cada tres mujeres agrícolas tienen un contrato temporal, frente a uno de cada dos hombres. En cuanto a la parcialidad del empleo, por cada diez mujeres agrarias trabajando a tiempo parcial, hay solo cuatro hombres.

Brecha de género rural en la toma de decisiones

En la granja, María asume que su papel es el de ayudar a su hermano, que es quien toma las decisiones de negocio y quien se relaciona con otros productores de la zona. Él fue quien se quedó al frente de la explotación cuando sus padres se jubilaron. María hace un poco de todo durante su jornada parcial: desde cuidar de los animales a tramitar el papeleo.

Tal y como recoge el XII Informe ClosinGap, las mujeres en el mundo rural han compartido tradicionalmente las labores del trabajo agrario con los hombres, pero sin los mismos derechos y obligaciones derivados de la gestión. Su trabajo se consideraba como mera «ayuda familiar». También la titularidad de las explotaciones ha tendido a recaer por herencia sobre los hombres.

Estas condiciones allanan el camino a la tercera brecha de género en el ámbito rural, la de la toma de decisiones y el poder. También tienen mucho que ver con la primera, la demográfica, ya que estas estructuras de trabajo familiar, en las que las mujeres no tienen capacidad de decisión ni influencia, favorecen su traslado a las ciudades. Es una rueda que se retroalimenta.

De esta manera, hay aproximadamente tres hombres que son titulares-jefe de explotaciones agrarias familiares por cada mujer en esta misma posición. Si, además, las personas a las que nos referimos tienen lazos familiares, la brecha se dispara: hay siete hombres por cada mujer en posiciones de jefatura en el caso de cónyuges y 5,2 hombres por cada mujer en el de otros familiares. Son resultados que apuntan a que la mayoría de las mujeres titulares no realiza las funciones de gestión de su propia explotación, ya que en muchas ocasiones su actividad y sus relaciones externas están tuteladas por sus maridos o algún familiar varón próximo.

Brecha de género rural en la conciliación

María es la principal encargada de los cuidados en su familia. Además de cuidar de sus hijos, es la responsable de atender a su madre, que ya está mayor. Entre unas cosas y otras, no tiene mucho tiempo para salir a correr. Tampoco le da la vida para plantearse los cambios que tiene en mente para la gestión de la granja.

La cuarta brecha de género en el mundo rural es bien conocida en otros ámbitos como el urbano. Se trata de la brecha de conciliación que, en el caso de las mujeres rurales, es aún más pronunciada.

El XII Informe ClosinGap elaborado por CaixaBank pone el acento sobre una realidad elocuente: las únicas actividades a las que dedican más tiempo cada día las mujeres rurales en comparación con los hombres son las relacionadas con el cuidado del hogar y de la familia. Concretamente, emplean 4 horas y 43 minutos diarios a estos menesteres; es decir, 2 horas y 7 minutos más cada día que los hombres.

En el resto de las actividades, las mujeres no hacen más que ceder minutos: deportes y actividades al aire libre (28 minutos menos cada día que los hombres), trabajo remunerado (una hora y cuarto menos), aficiones e informática (25 minutos menos), estudios (38 minutos menos) o cuidado personal (16 minutos menos), entre otras. Estos datos convierten a la conciliación en una de las grandes asignaturas pendientes en el medio rural.

Romper con la brecha de género en el mundo rural no solo es una cuestión de justicia. También puede ayudar a mitigar el reto demográfico que enfrenta este medio. Promover la corresponsabilidad, dotar de los recursos necesarios a las políticas de empleo, natalidad y conectividad, así como evaluar las medidas ya existentes para aumentar su efectividad, son algunas de las propuestas del XII Informe ClosinGap para conseguirlo.

Tal vez así María Arroyo consiga desterrar esas brechas de género que inundan su vida y que suponen un auténtico techo de cristal para millones de mujeres rurales como ella.

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