ECONOMÍA

Estanflación, la pesadilla de las economías nacionales

Tiempo de Lectura: 5 minutos

Estanflación, la pesadilla de las economías nacionales
Avatar

CaixaBank

25 Abril, 2019


El término, acuñado en los años sesenta del pasado siglo, reúne dos de los peores escenarios posibles para la economía de un país: una inflación desbocada y una recesión que lleva a elevadas tasas de paro

Existen ciertos conceptos económicos que son del dominio público porque suelen influir directamente en las vidas de millones de personas: inflación, recesión, estancamiento económico, desempleo… Por muy graves que estos problemas puedan llegar a ser, las economías nacionales cuentan con diferentes estrategias y herramientas que pueden ayudar a paliar o superar esas situaciones. Pero hay un escenario que se escapa de esta norma porque, en teoría, no se puede dar. Es la estanflación, un auténtico quebradero de cabeza para los desafortunados países que la han padecido y un desconocido para la mayoría de las sociedades. Y que así siga.

Los dos grandes fantasmas de las economías

Que la estanflación sea un término marginal al que apenas se hace referencia en medios de comunicación tiene un poderoso motivo: su aparición es muy poco frecuente y solo se da cuando se conjugan dos factores muy concretos: inflación y recesión. Pero repasemos brevemente estos dos términos para entender mejor por qué es tan temida la estanflación.

La inflación es uno de los conceptos que más suena en la calle, pero tal vez no termine de comprenderse del todo. Acudimos al Banco Central Europeo para que nos ofrezca su definición: “se habla de inflación cuando se produce un aumento generalizado de los precios que no se limita a determinados artículos. Como resultado, pueden adquirirse menos bienes y servicios por cada euro, es decir, cada euro vale menos que antes”. O lo que es lo mismo, la ciudadanía pierde poder adquisitivo.

Sin embargo, la inflación moderada de los precios es aconsejable para mantener en funcionamiento a las economías. Así lo reconoce el propio BCE, que sitúa la inflación deseable muy cerca —aunque por debajo— del 2% anual.

Todo lo que supere esa cifra puede hacer que los precios suban demasiado rápido y que la economía de un país se acerque peligrosamente a la terrible hiperinflación, un término completamente actual que sufren países como Venezuela —la nación latinoamericana comenzó este año con una inflación del 191% en enero—. Es un caso extremo, pero muy real, de cómo unos precios desbocados pueden llegar a afectar a la economía de un país.

Al otro lado se encuentra la recesión, otro mal de las economías que desde el año 2008 ha estado muy presente en la zona euro. Se dice que un país entra en recesión cuando su PIB sufre un crecimiento negativo durante dos trimestres consecutivos. Este escenario se traduce en elevadas tasas de desempleo, disminución del consumo interno, escalada de impagos… problemas todos ellos muy recientes que todavía hoy colean en muchas de las economías europeas.

Inflación y recesión son dos graves problemas económicos que, en teoría, no se podían dar a la vez, ya que tienen causas muy distintas. Hasta que en 1965 el ministro de Finanzas del Reino Unido, Ian McLeod, tuvo que hacer frente a un duro hecho: el escenario imposible se había dado en su país. En una histórica intervención en el Parlamento británico, el perplejo ministro puso nombre a uno de los peores temores de cualquier economista: estanflación.

Lo peor de ambos mundos

En la estanflación se produce un fenómeno devastador para cualquier economía: mientras que los precios no dejan de subir de manera descontrolada, la sociedad cada vez tiene menor capacidad de asumirlos debido a la reducción de la actividad económica y el elevado paro que eso conlleva. Por lo tanto, cada vez hay menor consumo interno, se genera más desempleo, más impagos… un círculo vicioso. Lo más grave es que ninguna de las medidas económicas conocidas para atajar la recesión o la inflación funcionan, precisamente porque lo que es bueno para un aspecto es malo para el otro.

Las economías que se enfrentan a un periodo de recesión suelen bajar el tipo de interés para estimular que fluya el crédito bancario y reactivar así su economía, lo cual trae aparejado un aumento de la inflación. Hacer lo contrario —subir los tipos de interés— controla la inflación, pero estanca la actividad económica. Así que no hay una respuesta sencilla a este complejo problema.

En la actualidad, países como Argentina están sumidos en escenarios de estanflación. El gigante latinoamericano lleva tres trimestres consecutivos con crecimiento negativo de su PIB y al cierre de 2018 su inflación se situaba por encima del 47%. Y no es un mal exclusivamente propio de economías poco desarrolladas. Algunos analistas apuntan ya que el Reino Unido podría internarse en la estanflación si el acuerdo sobre el brexit no termina de llegar.

Entonces, ¿cuál es el remedio para salir de esa espiral de precios elevados y pérdida de actividad económica? No hay consenso, pero hay quienes defienden un paquete de medidas que contenga flexibilidad laboral, una fiscalidad empresarial que facilite la inversión, menor burocracia, liberalización del suelo edificable y un largo etcétera, que va mucho más allá de decisiones económicas puntuales.