Ciudades y ciudadanos inteligentes: hacia la smart city inclusiva

16 Noviembre, 2020

Ciudades y ciudadanos inteligentes: hacia la smart city inclusiva


Las ciudades inteligentes o smart cities están en boca de todos, aunque se trata de un concepto un tanto escurridizo. No todo el mundo que emplea esta expresión se refiere exactamente a lo mismo. ¿Cuándo empieza una ciudad inteligente a serlo?, ¿lo es cuando pone los medios para ser sostenible?, ¿o cuando conecta todo su ecosistema urbano?

Sobre esta cuestión, la Cátedra CaixaBank de Responsabilidad Social Corporativa en el IESE ha editado un nuevo cuaderno. Bajo el título Smart Cities y Ciudadanía Inteligente, este trabajo explora el concepto de ciudad inteligente y lo conecta con otro no tan conocido, pero igualmente importante: el de los ciudadanos inteligentes, entendidos como aquellos que participan en el diseño y desarrollo de las soluciones que harán su vida diaria mejor. Un ingrediente sin el cual las urbes del futuro no lograrán añadir ese apellido smart que tanto anhelan.

En este sentido, es imprescindible conseguir que las ciudades inteligentes incluyan a todos los ciudadanos, ya que se trata de una carencia que se ha podido observar durante los confinamientos por la pandemia de COVID-19: mientras las tecnologías de la información (TIC) salvaron a algunos del aislamiento, lo cierto es que también pusieron de relieve la enorme brecha digital que mantuvo a otros al margen de esta ventaja.

De hecho, la pandemia ha dejado al descubierto lo invisibles que resultan todas las personas que por falta de medios, habilidades o incluso ganas no pueden acceder a los bienes y servicios solo disponibles en red. El cuaderno urge a dar una solución a esta brecha digital y propone hacerlo mediante el desarrollo inclusivo de las soluciones digitales que las ciudades quieran incorporar, un factor fundamental para llegar a todos los ciudadanos sin importar su condición o sus circunstancias.

Guía para construir una ciudad inteligente

Al hablar de ciudades inteligentes, lo primero que hay que tener claro es que no existe una definición consensuada por la simple razón de que todavía están por hacer. Esto tiene sus inconvenientes, pero también sus ventajas. Tal vez la principal es que estamos a tiempo de desarrollar esas urbes del futuro con la sostenibilidad como meta.

Tal y como recuerda el cuaderno, el Objetivo de Desarrollo Sostenible (ODS) n.º 11 de la ONU —ciudades y comunidades sostenibles— puede servir como guía para alinear el desarrollo de soluciones digitales para las ciudades con ese desarrollo humano integral que persiguen países de todo el mundo en la Agenda 2030. En concreto, este ODS propone que los espacios urbanos y otros asentamientos humanos sean seguros, sostenibles, resilientes e inclusivos en 2030.

Para ello, tanto los emprendedores que desarrollan soluciones y aplicaciones TIC de ámbito urbano como los inversores que las financian o los reguladores que deben implementarlas pueden utilizar ese ODS como marco de referencia. Unos para diseñar la tecnología, otros para emplear criterios que les sirvan para saber qué iniciativas financiar y los últimos para impulsar las soluciones de acuerdo con el interés general.

Para conseguirlo, deberán tener en cuenta los ingredientes que se incluyen en el propio ODS como metas parciales. Por ejemplo, asegurar el acceso de todas las personas a viviendas y servicios básicos adecuados; promocionar la urbanización inclusiva; facilitar sistemas de transporte seguros; proteger el patrimonio cultural y natural; proteger a la población frente a desastres naturales o reducir la huella de carbono y promover zonas verdes.

El reto de la seguridad

Otro de los aspectos de las ciudades inteligentes que explora el cuaderno es el de la ciberseguridad, que supone desafíos nuevos y específicos. Esto se debe al hecho de que a mayor conectividad, mayor vulnerabilidad. Según destaca el cuaderno, cualquier dispositivo hackeado —desde una farola al ordenador de un funcionario— puede abrir la puerta de todo el sistema y, con él, a toda la información que maneja.

En este sentido, el informe recomienda —tanto a los gobernantes de una ciudad en la que quiera implementarse una solución digital como a los emprendedores que la desarrollen— que la seguridad no se convierta en un añadido final, sino en un cimiento fundamental. Esto supone que los distintos sistemas y soluciones digitales deberán diseñarse de manera que sean seguros por principio para evitar vulnerabilidades. Para ello, conviene incluir un especialista en ciberseguridad en el equipo de diseño.

En este sentido, el cuaderno recoge cuatro preguntas sencillas que deberá formularse cualquier líder municipal ajeno al mundo de la tecnología:

– ¿Contamos con un plan escrito que detalle nuestra reacción frente a un incidente (documented incident response plan)? De ser así, ¿cuál es?

– ¿Cuáles son nuestras estrategias de gobierno para proteger y blindar sistemas, aplicaciones, datos e identidades?

– ¿Deberíamos permitir que nuestros sistemas heredados (legacy systems) se conecten con aquellos más punteros (on edge systems)?

– ¿Qué tipo de pruebas de seguridad llevamos a cabo y cada cuánto? ¿Qué métricas proporcionan estas pruebas y qué hacemos con los resultados obtenidos?

Todo ello, sin olvidar los derechos de los ciudadanos, que recoge la legislación, sobre protección de datos (RGPD), como el derecho a la información, al acceso a la misma, a su rectificación o la portabilidad de sus datos, entre otros.

En este sentido, el cuaderno puntualiza que la privacidad no consiste en que los usuarios sean «invisibles» o anónimos por defecto en todo momento en un determinado sistema o solución digital, sino en que otorguen su consentimiento a una cierta recopilación y tratamiento de datos. Es decir, a que participen de la ciudad inteligente como sujetos plenamente conscientes de su papel en este ecosistema. O, en otras palabras, a que actúen como verdaderos smart citizens o ciudadanos inteligentes.

Smart citizens: incluir al ciudadano desde el principio

Entre las corrientes de pensamiento que resalta el cuaderno destaca aquella que considera que el desarrollo de soluciones digitales para ciudades inteligentes debe incluir de manera activa y directa a sus beneficiarios desde su propio diseño. Esto se podrá lograr si la propia población somete esas soluciones a escrutinio, debate y voto. Aquí entran en juego las iniciativas de smart citizens o ciudadanos inteligentes, como los Smart Citizen Labs que ya se extienden por algunas urbes.

Gracias a ellas, los ciudadanos podrán ejercer el mayor empoderamiento que les aporta la innovación tecnológica no solo para votar y decidir de manera efectiva las soluciones más adecuadas para ellos, sino incluso para colaborar en su diseño e implementación.

En este punto, el cuaderno destaca entre sus conclusiones que la involucración de los ciudadanos en el proceso de desarrollo de una solución digital concreta es loel  que permitirá que el discurso de las ciudades inteligentes dé paso al de la ciudadanía inteligente. Así, apunta que solo serán los smart citizens quienes definan la inteligencia que tendrán las ciudades del siglo xxi.